Dios no está en el cielo

fausto 8 noviembre 2007 1

cielo

Yo me imagino que los Apóstoles, después de la angustia del Viernes Santo, debían vivir gozosos los días siguientes a la Resurrección disfrutando de la presencia del Señor, recordando con El momentos y acontecimientos de su vida pasada.

Pero no se puede vivir de nostalgias. Cristo se encarga de sacarlos de su ensimismamiento y, en vísperas de su marcha definitiva, les da una “orden terminante”: Id al mundo. Es una llamada de atención que los orienta hacia su verdadero destino, que les deja claro lo que tiene que ser su principal foco de atención son los hombres.

¿Qué hacéis mirando al cielo? No es hora de andar con contemplaciones. Es la hora de salir a la plaza pública, de recorrer los caminos y las ciudades para dar a todos la Gran Noticia.

¿Qué podemos hacer? Esa es siempre la gran pregunta. Pero esa es también, a veces, la gran coartada para no hacer nada y justificar nuestra indolencia.

Todo lo que acontece aquí abajo es provisional: los fracasos, los sufrimientos, las tristezas. También todas las alegrías que existen en este mundo son provisionales: esos momentos que nos gustaría eternizar. No existe más que un lugar definitivo, un sitio en que nos juntaremos todos para siempre. Y ese sitio no está aquí, en esta tierra. También nuestros bienes, todo lo que poseemos, es provisional. No nos podremos llevar nada con nosotros.


¡Todo lo que no compartamos con los demás lo perderemos! Todo lo que guardemos para nosotros solos, todo lo que intentemos conservar con nuestras propias fuerzas, se deshará en nuestras manos. Todo lo que conservamos con cariño, todo lo que consideramos más valioso de nuestra vida, lo perderemos si no lo ponemos al servicio de los hermanos: bienes materiales, tiempo, conocimientos.

Jesús, al subir al cielo, nos dejó físicamente para estar más cerca de nosotros en el tiempo y en el espacio. Porque se fue, lo tenemos ahora aquí, presente entre nosotros, muy cerca de nuestro corazón. Nos basta abrir los ojos de la fe para verlo, para encontramos con él.

Jesús, desde su subida al cielo, rompió los límites a que nos tiene sujetos este cuerpo y extendió su presencia por el mundo entero: en todos los lugares del mundo podemos entablar contacto con él por el amor a los hermanos que son el mismo Jesús.

En él tenemos la gran seguridad de que el amor triunfará. No nos está permitido el desaliento. No puede haber lugar para la desesperanza. Esta fe no nos dispensa del sufrimiento ni hace que las cosas resulten más fáciles. Pero es el gran secreto que nos hace caminar día a día llenos de vida y esperanza.

Fausto Antonio Ramírez