Cuando la Iglesia se aleja del hombre

fausto 18 noviembre 2007 4

prohibido

Cada día es más patente la ruptura entre lo religioso y la sociedad civil. Por muchos intentos de la Iglesia Católica por acercarse al mundo en el que vive inmersa, lo cierto es que la división cada vez es mayor y con pocas posibilidades de integrarse con la autoridad moral necesaria para dejar escuchar su voz.

El mundo moderno dice que pasa de Dios y, sin embargo, tiene más sed que nunca de lo espiritual, porque ni la política ni la organización civil terminan de satisfacer el corazón inquieto del hombre actual.

No obstante, la Iglesia no termina de encontrar su sitio para aportar al hombre lo que le falta y necesita para alumbrar una equilibrada humanización de un mundo insatisfecho. Mientras esta infranqueable separación entre lo religioso y lo profano permanezca abierta no habrá forma de unir fuerzas, de un lado y de otro, para gestar una nueva y mejor humanidad.

La religión, en un ambiente laico, produce rechazo y animadversión, y esto tampoco facilita las cosas. Son ya demasiadas las críticas, exclusiones y condenas por parte de la Iglesia hacia el hombre de hoy en día, que su voz ha dejado de ser escuchada y de tener el valor y la consideración necesaria para ser fermento en medio de un mundo que sigue buscando a Dios con desconcierto.


El mundo necesita a Dios, pero la oferta de la Iglesia Católica no sólo no responde a sus expectativas, sino que produce un enorme rechazo que, de momento, no es posible superar desde las posturas morales y antropológicas que ésta propone, o mejor que pretende imponer aliándose con las fuerzas políticas.

La Iglesia no está dispuesta a perder su ámbito de poder, y para ello necesita aliarse con el mismo diablo, si eso fuera necesario, para no ceder ante las prebendas y privilegios de las que gozó ampliamente durante la época del nacional catolicismo.

Sus presiones para seguir imponiendo sus criterios de moralidad en un estado aconfesional son constantes. Desde esta postura el diálogo no sólo es difícil y complicado, sino imposible. Desde aquí no se puede hacer una propuesta razonable al hombre de hoy para que pueda abrirse a la sed de Dios que sigue latente en su corazón.

El diálogo Iglesia-sociedad se impone hoy en día con más fuerza. Sería una pena que el mundo civil se siguiera perdiendo el enorme acervo espiritual y religioso, gestado durante siglos en el seno de la Iglesia, por querer mantener una postura impositiva, parapetándose en una visión del mundo tan negativa y amenazadora que le impidiera abrirse a los nuevos tiempos.

Por otra parte, el mundo profano podría abrirse sin prejuicios a las enseñanzas de la Iglesia, si esta consintiera a establecer un encuentro maduro con personas adultas desde donde unir fuerzas para transformar el mundo entre todos.

Fausto Antonio Ramírez