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Nuevas normas para la elección del Papa

Con la modificación de las normas para la elección del nuevo pontífice, el papa Benedicto XVI, a través de un Motu Proprio publicado el 26 de junio de 2007, establece que su próximo sucesor sea elegido, necesariamente, con dos tercios de los votos por parte de los Cardenales electores.
Tags: cardenales, cristianismo, Dios, eleccion, Iglesia, pontifice, religion, roma, santa sede, vaticanoDios no está en el cielo

Yo me imagino que los Apóstoles, después de la angustia del Viernes Santo, debían vivir gozosos los días siguientes a la Resurrección disfrutando de la presencia del Señor, recordando con El momentos y acontecimientos de su vida pasada.
Tags: cielo, compromiso, cristianismo, Dios, esperanza, Iglesia, muerte, religion, resurreccion, Teología, vidaMiedo a la muerte y miedo a Dios

Acabamos de celebrar el día de Difuntos y por mi memoria han pasado muchos nombres de personas conocidas, que he querido y, en algún momento, han formado parte de mi vida.
Concretamente me acordé del Padre Pedro, un religioso sacerdote, que sin unirme a él una fuerte amistad, sin embargo era alguien con quien me gustaba discutir de teología y filosofía. Era una persona muy formada, algo chapado a la antigua, pero con un discurso escolástico que me obligaba a desplegar, ordenar y manejar correctamente la argumentación de mi discurso.
El Padre Pedro murió entre mis brazos, después de sufrir una larga enfermedad que le mantuvo postrado en cama muchos meses. Desde el momento en que empezó a perder la salud, ya no volvimos a hablar de teología.
Sin embargo, mientras su vida se iba apagando, las preguntas sobre Dios, el cielo, la muerte, la salvación o el más allá me asaltaban como flechas encendidas.
Aquellas dudas se despertaban en mí con tanta fuerza porque no podía entender que una persona tan buena, y con las cosas tan claras teológicamente, manifestara sin remilgos un pánico atroz al sufrimiento, al dolor y a la muerte misma, que ya era ineludible por el avanzado estado del cáncer de hígado que sufría.
El día de Difuntos, fue para mí un momento feliz y alegre. Recordé a muchas personas, y le di gracias a Dios por todas ellas. Por la suerte que había tenido de conocerlas a todas, pero sobre todo, por la vida que ahora tendrían junto al Dios del amor.
Entonces fue cuando me acordé del Padre Pedro. ¿Cómo era posible que un hombre, con las cosas tan claras y habiéndose pasado la vida predicando de Jesús, de la Resurrección, de la vida, de la fe, de la esperanza, del cielo, y de la confianza en Dios, estuviera tan aterrado en el momento de encontrarse con su Dios?
Lo curioso es que en seguida pensé en otras personas que todavía siguen vivas, y que se dicen buenos cristianos, y que al igual que el Padre Pedro rechazan la muerte como el castigo y la cosa más horrorosa que le puede ocurrir al ser humano.
No tengo demasiadas respuestas acertadas ante esas actitudes, aunque creo percibir que todo el problema estaba y está en la imagen de Dios que esas personas tienen, y con la que han vivido a cuestas a lo largo de su vida, porque en vez de gozarla, la han sufrido.
Y ahí es donde está la clave: a Dios no se le sufre, se disfruta con Él, se vive de Él y con Él. Esas personas sufrieron a Dios porque le tenían más miedo que a una vara verde.
Estoy convencido que el Padre Pedro se pasó la vida entera haciendo méritos por tener un final que culminase en el cielo. Seguro que pensaba que Dios tenía una libreta en la que iba apuntando cada cosa que hacía o dejaba de hacer para luego tener materia suficiente a la que poder agarrarse para declararlo como condenado.
Ante esta forma de ver a Dios y de entender la salvación, no me extraña que sufriera tanto y no quisiera morirse, porque la sola duda de verse abocado al infierno le dejaba paralizado.
Durante muchos años, la Iglesia ha estado predicando a un Dios justiciero, castigador, inmisericorde, y exageradamente justo bajo los parámetros de la justicia humana. Hoy en día las cosas son diferentes, pero el mal ya está hecho y eso es difícil cambiarlo en personas que han bebido toda su vida de esa fuente sucia y para nada acorde con la imagen del Dios de la parábola del Hijo Pródigo.
Ciertamente, la experiencia de Dios es un regalo inconmensurable. Da miedo pensar que la Iglesia haya perdido el tiempo y a tantos cristianos por culpa de una predicación deteriorada y sesgada hasta extremos anti-cristianos.
El Dios de Jesús supera nuestros miedos, por eso vale la pena creer, porque la religión es un estilo de vida capaz de colmar de felicidad a cualquier persona. Cuando la religión se convierte en miedo, méritos, favores, promesas y en mercadeo, Dios deja de ser la liberación y la salud del hombre.
¿De qué me sirve una religión que no libera, sino que asusta y arrastra los miedos hasta el momento de la muerte? Si la religión no da anchura de miras, no quita las angustias y no deja respirar con los dos pulmones, entonces no sirve para nada.
El Dios de Jesús no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos. Dios irrumpe en la experiencia del hombre para abrir mejores horizontes de esperanza, de alegría y felicidad.
Cuando lo que ocurre, como en el caso del Padre Pedro, es todo lo contrario, más vale dejar de lado a ese Dios y a la religión, porque los hombres son capaces de traer mayor y mejor consuelo que el mismo Dios.
Aquel hombre murió en la angustia, y no pudo agarrarse al Dios de Jesús porque otros se habían encargado de que no lo hiciera, cargando las tintas sobre sus pecados, el infierno y la amenaza constante de la condenación.
Aquel día, odié a los profetas de calamidades, que se creyeron con la autoridad de manejar a Dios a su antojo y de inculcar, para tener bien dominadas a las gentes, que ellos solos tenían la llave para abrir o cerrar las puertas del cielo.
Con lo fácil que es descubrir en el Evangelio que el cielo ya está aquí y que la Salvación ya se ha cumplido en todo aquel que ha sabido abrirse a la experiencia del amor, por encima de cualquier cosa.
Quien diga lo contrario no merece el calificativo de cristiano, y más vale que se calle la boca y deje de mal meter en la dulce y amable experiencia de Dios que incluso en el momento de la muerte sabe a gloria.
Fausto Antonio Ramírez
Tags: cristianismo, Dios, dolor, enfermedad, espiritualidad, evangelio, Iglesia, jesus, misericordia, muerte, pecado, profeta, religion, salvacion, sufrimientoEl martirio, ¿vocación o azar?

Desde los primeros tiempos de la Iglesia, el martirio se comprendió como una llamada de Dios o un don específico que Dios ofrece a algunas personas para vivir su fe.
Por lo tanto, la muerte martirial es una consecuencia de la respuesta personal de algunos elegidos para cumplir la voluntad de Dios.
No es mártir quien sufre la muerte, por muy creyente que sea, sin desearla.
El martirio conlleva un estilo de vida que culmina con la muerte sacrificial a la que el hombre se entrega por pura vocación. En ningún momento se comprende como un hecho insólito y heroico, sino como un acto de obediencia y entrega confiada a los planes de Dios.
La vida del mártir, más que serle arrebatada, es ofrecida voluntariamente por amor a Dios.
El modelo de mártir por excelencia es Cristo que entrega su vida al Padre, ofreciéndola por la Salvación de todos.
Los mártires de todos los tiempos son llamados por Dios a vivir en propia carne la misma suerte que el Hijo.
La muerte martirial no es más que la consecuencia de toda una vida asimilada, en hechos y palabras, a la misma vida de Jesús.
En ese sentido los mártires son puestos como ejemplo por la Iglesia, como otros Cristos, en cada tiempo y espacio de la historia de la humanidad.
Más tarde, en la historia de la espiritualidad cristiana, se destaca otra forma de martirio no cruento, como es el martirio espiritual, que sin terminar con la muerte violenta de la persona, se comprende como si lo fuera.
Lo importante, por lo tanto, del mártir no es el hecho de su muerte cruenta, sino su testimonio de vida, que inexorablemente, y por vocación específica, acaba con la entrega voluntaria, y en obediencia a los planes de Dios, de la propia vida.
La pregunta que se plantea ante estas premisas es si toda muerte violenta sufrida por los cristianos tiene carácter martirial. Bajo mi punto de vista, no.
Ciertamente, el carácter violento de la muerte de un cristiano no explica que esa persona pueda ser considerada como un mártir.
En el mensaje de Benedicto XVI al Prefecto para la Causas de los Santos, el Papa recuerda algunas de las condiciones necesarias para considerar la muerte de un cristiano como martirial: “es necesario recoger pruebas irrefutables sobre la disponibilidad al martirio, como derramamiento de la sangre, y sobre su aceptación por parte de la víctima, pero también es necesario que aflore directa o indirectamente, aunque siempre de modo moralmente cierto, el “odium fidei” del perseguidor. Si falta este elemento, no existirá un verdadero martirio según la doctrina teológica y jurídica perenne de la Iglesia”.
Mucho se ha hablado estos días de si en las beatificaciones de los 498 mártires españoles de la Guerra Civil estaban todos los que, según la doctrina de la Iglesia, debían estar, y si no sobraba alguno de entre ellos.
El tiempo lo dirá, y los historiadores y hagiógrafos también. Pero, desde un primer análisis, y sin conocer la biografía personal de cada uno de esos nuevos beatos, me temo que no en todos los casos existía una verdadera vocación para el martirio, sino que fue algo sufrido involuntariamente.
Por otro lado, el “odium fidei” del perseguidor, en algunos casos pudo ser cierto, pero cuando estas muertes se dan en unas condiciones de enfrentamiento civil, cualquier persona del bando opuesto, es víctima potencial de sus enemigos, independientemente de la fe que profese.
Por último queda la cuestión de aquellos cristianos que también murieron, pero en las filas de los perdedores de la Guerra.
La Iglesia justifica que ninguno de ellos formaba parte del grupo de 498 beatificados, porque nadie presentó su causa.
La razón es tan débil como la misma seguridad que la Iglesia ofrece de que todos los beatificados cumplían los requisitos demandados por la Iglesia para ser considerados mártires.
¿A caso la Iglesia no tiene medios personales como para haber abierto también la causa de beatificación de cualquier cristiano que se lo merezca?
Querer es poder, y ante la fuerza moral y política de la Iglesia me resulta difícil creer que esto se le haya ido de las manos, a menos que hubiera otras razones más profundas y escondidas que a la Iglesia no le interesara sacar a la luz.
Cuando estas cosas pasan, que luego la Iglesia no se moleste porque los cristianos de a pie reaccionamos, empujados por un sentido menos sesgado y partidista, a como ella lo hace.
Mártires los hubo en los dos bandos que se enfrentaron durante la Guerra Civil española, pero la duda razonable de si todos los beatificados lo fueron, ahí queda.
Fausto Antonio Ramírez
Tags: beatificacion, canonizacion, cristianismo, Dios, Iglesia, martir, religion, santoSantos de Dios y Santos de la Iglesia

Con la celebración del día de Todos los Santos y a raíz de las beatificaciones de los 498 mártires españoles, me surge una cuestión acerca de los requisitos que Roma exige para que un cristiano sea elevado a los altares.
La ley específica católica para las beatificaciones y canonizaciones dice que se requieren dos procesos, uno de virtudes heroicas y otro por el que se declara probado que Dios ha obrado un milagro por intercesión del fiel que se pretende beatificar. Una vez beatificado, para proceder a la canonización se debe declarar probado un nuevo milagro por intercesión del beato.
Se considera milagro a estos efectos un hecho que no es explicable por causas naturales, y que se atribuye a la intercesión de un siervo de Dios. El milagro debe ser físico: “la práctica ininterrumpida de la Iglesia establece la necesidad de un milagro físico, pues no basta un milagro moral“, recordó Benedicto XVI en el Mensaje al prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.
Es decir que sólo serán relevantes los milagros que bajo ningún aspecto puedan ser explicables por causas naturales.
La pregunta que me surge inmediatamente es el sentido de los milagros en los Evangelios y por qué son necesarios en la Iglesia para una beatificación o canonización.
En los Evangelios los milagros son acciones directas de Jesús para expresar con hechos y palabras que el Reino de Dios está presente. Pero curiosamente, la exégesis apuesta por afirmar que los milagros de Jesús no son pruebas para demostrar su divinidad y que sobre todo cumplen los anuncios del Antiguo Testamento.
Es más, en los Evangelios encontramos diferentes tipos de milagros: los exorcismos, las curaciones, los de donación (como la multiplicación de los panes), los de salvamento, o las epifanías. En unos casos estos milagros rompen con las leyes naturales y en otros no. En unos casos son de orden físico y en otros de orden moral o espiritual.
Y sin embargo, la Iglesia exige al Santo que interceda ante Dios con un milagro físico, a pesar de que estos signos en los Evangelios tengan una mayor carga teológica que de realidad sobrenatural, porque se saltan las leyes del curso natural de la historia.
Por otro lado, a través de una lectura de los Evangelios queda bien claro que Jesús le da a esos signos la importancia que tienen dentro de la totalidad de su misión, pero sin extrapolarlos exageradamente. De hecho, Jesús rechaza en varias ocasiones obrar ese tipo de prodigios.
Esto ocurre si es para sacar algún beneficio en su propio provecho. De igual modo se niega a hacer milagros si es para dispensarle del trago amargo de la Cruz. Y por último, se niega a realizar milagros si no encuentra fe suficiente en la gente que se lo pide.
Sin embargo, la Iglesia no tiene recato alguno al exigir a Dios que obre algún milagro por intercesión del cristiano que se quiere beatificar o canonizar.
Si para Jesús los milagros no son más que signos de la manifestación del Reino de Dios y forman parte del todo que configura su misión, ¿por qué la Iglesia le concede una importancia que Jesús mismo desdeña?
La santidad de una persona debería medirse por otros parámetros mucho más evangélicos. De hecho, la santidad de una persona no la otorgan ni los hombres ni la Iglesia, sino sólo Dios que a todos nos ha hecho Santos por el sólo hecho de creer en Él como Señor y Salvador.
Ciertamente, la Santidad es un atributo exclusivo de Dios que Él comunica a todo hombre que desea acogerlo en su vida. Para ser Santos no se requiere mérito alguno, ni virtudes heroicas por parte de los hombres; es un regalo gratuito de Dios. Y como todo don gratuito que procede de Dios, el hombre no es quien para ponerle condiciones, y menos aún la de la exigencia de que obre un milagro.
La Santidad, Dios se la regala a todo el que cree en Él, y no podemos hacer nada para cambiar esto. Porque Dios es Santo, también lo es el hombre por pura gracia suya, o en otras palabras porque Él lo quiere sin más.
El Nuevo Testamento llama Santo a todo cristiano que habiéndose entregado a Dios lo ha hecho también a Jesús el Salvador.
En el día de Todos los Santos se celebra, ante todo, la Santidad de Dios, y por ende la de todo hombre que ha sabido abrirse al amor de Dios. Lo de las beatificaciones y canonizaciones es otra cosa bien diferente, y todavía me sigo preguntando qué tiene que ver eso con Dios y con el Evangelio.
¿Por qué le ponemos condiciones a Dios si ni si quiera el mismo Jesús lo consintió? Hoy deberíamos alegrarnos, no por los nuevos mártires (aunque es cierto que a ellos por su muerte violenta no se les exige ningún milagro, salvo para ser canonizados), ni por los Santos de todos los tiempos, sino por la Santidad de Dios que se le ha regalado a todo hombre que ha sabido abrirse al amor de Dios.
Fausto Antonio Ramírez
Tags: beatificacion, canonizacion, cristianismo, Dios, Iglesia, martir, religion, santidad, santosUna Iglesia sorda y muda

Resulta curioso, pero la Biblia no afirma en ningún momento que la naturaleza humana sea perfecta y no esté abierta a la evolución, tanto física como moral. Por lo tanto, considerar la naturaleza humana como norma de comportamiento moral es un grave error que no se atiene a fundamentos ni bíblicos, ni teológicos, ni filosóficos.
Me parece mucho más coherente plantear el tema de la moral desde el punto de vista de la evolución, en todos los campos, que desde la naturaleza. Me gustaría, por lo tanto pensar que cuando el Magisterio habla de naturaleza para referirse al hombre, lo hace desde la comprensión de un ser dinámico, abierto a la evolución, evitando todo aquello que pueda deshumanizarlo.
Sin embargo, me sorprende ver la actitud de algunas condenas magisteriales o de algunos moralistas que se posicionan en una definición del hombre concebido como un ser natural en estado bruto que es preciso respetar a priori.
Dejando al margen estas posturas exageradamente fundamentalistas, se puede afirmar que la ley natural no se opone ni a lo artificial, ni a lo adquirido por medio de la cultura.
Si el referente del cristiano no es, por lo tanto, la ley natural en sentido estrito, ¿cuál es entonces el fundamento esencial? Evidentemente, el Jesús de los evangelios. Ciertamente, Jesús recordó las exigencias morales más radicales, pero desde la comprensión, la aceptación, y rezumando humanidad en cada uno de sus gestos y palabras. No así, por desgracia, la Iglesia, que impone, rechaza, excluye y condena. Los derechos del hombre deberían ser el discurso moral de la Iglesia, y no otro.
En este sentido se puede afirmar que la autoridad del Magisterio en cuestiones de fe no es la misma que en cuestiones de moral. Las cuestiones de moral no son exclusivas de la Iglesia, porque no se fundamentan únicamente en lo que dice la revelación. El juicio moral de los actos humanos debe tener en consideración, -además de lo que dice la Escritura-, la naturaleza humana como realidad en constante evolución y progreso, la conciencia individual, el contexto social y cultural, y las aportaciones de otras ciencias humanas y científicas.
El grave problema que se la plantea hoy en día a la Iglesia es que ha perdido autoridad en cuestiones de moral. La mayoría de los católicos se siente indiferente y ajena a las normas morales dictadas por Roma, y la imposición dictatorial, bajo todo tipo de amenazas, no parece ser el mejor camino para su aplicación.
Pero, si esto ocurre en el mismo seno de la comunidad cristiana, esa lejanía todavía se abre más si tenemos en cuenta al resto de la sociedad civil. Da la impresión de que la Iglesia se ha quedado sola, predicando no sé para quién, sin que su voz pueda y quiera ser escuchada por nadie.
Están bien claro que ni la teología, ni la moral poseen el único y total conocimiento sobre el hombre. Por eso, el diálogo de la Iglesia con el mundo es más que una necesidad, es un requisito indispensable si quiere que su voz siga oyéndose en medio de un mundo, a menudo, muy confundido.
Ciertamente, la Iglesia se encuentra en una difícil encrucijada: su voz no se oye, y ella no escucha lo que pasa fuera de los muros del Vaticano. Con estas premisas es difícil abrirse a los nuevos tiempos y al diálogo con los que están fuera de la Iglesia. Cuando la Iglesia no quiere escuchar, su sordera se convierte también en mudez, porque ella misma se autosilencia.
¿Quién desea escuchar a otro que no se quiere abrir al diálogo? Sorda y muda, esta Iglesia necesita replantearse seriamente su misión evangelizadora, sin olvidar a los de dentro, que ya no la escuchan, porque no entienden de lo que habla.
Fausto Antonio Ramírez
Tags: biblia, cristianismo, dialogo, Dios, escucha, Iglesia, libertad, moral, religionArtículos Anteriores
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