Una Iglesia sorda y muda

Resulta curioso, pero la Biblia no afirma en ningún momento que la naturaleza humana sea perfecta y no esté abierta a la evolución, tanto fÃsica como moral. Por lo tanto, considerar la naturaleza humana como norma de comportamiento moral es un grave error que no se atiene a fundamentos ni bÃblicos, ni teológicos, ni filosóficos.
Me parece mucho más coherente plantear el tema de la moral desde el punto de vista de la evolución, en todos los campos, que desde la naturaleza. Me gustarÃa, por lo tanto pensar que cuando el Magisterio habla de naturaleza para referirse al hombre, lo hace desde la comprensión de un ser dinámico, abierto a la evolución, evitando todo aquello que pueda deshumanizarlo.
Sin embargo, me sorprende ver la actitud de algunas condenas magisteriales o de algunos moralistas que se posicionan en una definición del hombre concebido como un ser natural en estado bruto que es preciso respetar a priori.
Dejando al margen estas posturas exageradamente fundamentalistas, se puede afirmar que la ley natural no se opone ni a lo artificial, ni a lo adquirido por medio de la cultura.
Si el referente del cristiano no es, por lo tanto, la ley natural en sentido estrito, ¿cuál es entonces el fundamento esencial? Evidentemente, el Jesús de los evangelios. Ciertamente, Jesús recordó las exigencias morales más radicales, pero desde la comprensión, la aceptación, y rezumando humanidad en cada uno de sus gestos y palabras. No asÃ, por desgracia, la Iglesia, que impone, rechaza, excluye y condena. Los derechos del hombre deberÃan ser el discurso moral de la Iglesia, y no otro.
En este sentido se puede afirmar que la autoridad del Magisterio en cuestiones de fe no es la misma que en cuestiones de moral. Las cuestiones de moral no son exclusivas de la Iglesia, porque no se fundamentan únicamente en lo que dice la revelación. El juicio moral de los actos humanos debe tener en consideración, -además de lo que dice la Escritura-, la naturaleza humana como realidad en constante evolución y progreso, la conciencia individual, el contexto social y cultural, y las aportaciones de otras ciencias humanas y cientÃficas.
El grave problema que se la plantea hoy en dÃa a la Iglesia es que ha perdido autoridad en cuestiones de moral. La mayorÃa de los católicos se siente indiferente y ajena a las normas morales dictadas por Roma, y la imposición dictatorial, bajo todo tipo de amenazas, no parece ser el mejor camino para su aplicación.
Pero, si esto ocurre en el mismo seno de la comunidad cristiana, esa lejanÃa todavÃa se abre más si tenemos en cuenta al resto de la sociedad civil. Da la impresión de que la Iglesia se ha quedado sola, predicando no sé para quién, sin que su voz pueda y quiera ser escuchada por nadie.
Están bien claro que ni la teologÃa, ni la moral poseen el único y total conocimiento sobre el hombre. Por eso, el diálogo de la Iglesia con el mundo es más que una necesidad, es un requisito indispensable si quiere que su voz siga oyéndose en medio de un mundo, a menudo, muy confundido.
Ciertamente, la Iglesia se encuentra en una difÃcil encrucijada: su voz no se oye, y ella no escucha lo que pasa fuera de los muros del Vaticano. Con estas premisas es difÃcil abrirse a los nuevos tiempos y al diálogo con los que están fuera de la Iglesia. Cuando la Iglesia no quiere escuchar, su sordera se convierte también en mudez, porque ella misma se autosilencia.
¿Quién desea escuchar a otro que no se quiere abrir al diálogo? Sorda y muda, esta Iglesia necesita replantearse seriamente su misión evangelizadora, sin olvidar a los de dentro, que ya no la escuchan, porque no entienden de lo que habla.
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: biblia, cristianismo, dialogo, Dios, escucha, Iglesia, libertad, moral, religion

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