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Los Cardenales: gloria y honor


cardenal

El testimonio contradictorio que representa para el mundo y el conjunto del Pueblo de Dios que en la Iglesia existan honores y distinciones de este tipo, tan poco acordes con el espíritu del Evangelio de Jesús, no deja indiferente a nadie.

Recordemos que la palabra “cardenal” era un término referido al clero que estaba “incardinado” en la Diócesis de Roma y a los obispos de las Diócesis sufragáneas de Roma. Más tarde, en el siglo XII se hizo extensivo a otros clérigos que residían fuera de Roma.

Desde el primer momento, el Papa acudía a ellos, como órgano consultivo, para que le ayudaran en el gobierno de la Iglesia. Tan sólo es en la Edad Media cuando el Colegio cardenalicio se convierte en el grupo elector del nuevo Pontífice, si estos eran obispos, y más tarde esto se hace extensivo a todo Cardenal obispo de la Iglesia, independientemente de que formase parte de la Diócesis de Roma.

En cualquier caso, tan sólo es una norma de la Iglesia que sean los Cardenales los que puedan elegir al nuevo Papa, pero otras formas de elección son posibles, permitiendo la consulta al resto de las comunidades cristianas repartidas por todo el mundo.

Dos notas muy significativas distinguen a los Cardenales del resto de los fieles: primero el poder en la elección del nuevo Pontífice, y segundo el honor de la distinción, significada en el tratamiento de Eminencia y en los colores de sus vestiduras.

Sobre la primera nota, en cuanto al ejercicio del poder para la elección del nuevo Papa, ya he expresado mi punto de vista, afirmando que otras formas, menos autoritarias y monárquicas son posibles. En cuando a la distinción honorífica, me parece que es absolutamente contraria al sentido del Evangelio que rechaza todo tipo de honor y gloria por parte de los seguidores de Jesús.

El “honor” en la Iglesia no forma parte del proyecto de Jesús. A los hombres, Dios mismo les distingue con el consuelo cuando su vida transparenta los gestos y actitudes de Jesús. Del resto, el Evangelio no dice nada, es más, Jesús tiene palabras durísimas hacia aquellos que les gusta mostrarse públicamente enseñando la orla de sus mantos.

La experiencia personal del Evangelio se vive en el silencio, la discreción y el anonimato: “que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda”. Me gustaría saber si los obispos que van a ser honrados con el birrete cardenalicio, también lo recibirían si se pudiera consultar a las diferentes comunidades eclesiales de las que son obispos.

Sería mucho más justo y evangélico que fueran los propios fieles quienes decidieran sobre la conveniencia o no de que sus obispos, avalados por su ejemplo de vida, accedieran a la púrpura cardenalicia. En ese caso, igual todos nos llevábamos una buena sorpresa.

El color rojo de las vestiduras de los Cardenales, recuerda la sangre de los mártires, que entregaron su vida por amor a Dios, testimoniando de Él hasta la última gota de su sangre. ¿Qué obispos son merecedores entonces de tal distinción?

No seamos hipócritas, vivir el Evangelio en propia carne es una gracia y un don, pero jamás un premio por parte de los hombres, y mucho menos un cargo honorífico. En todo caso, debería ser una distinción para todo cristiano que pueda dar testimonio de su amor a Cristo por la entrega de su vida a los demás.

En última instancia, si la intención de la Iglesia es la creación de un cuerpo elector del nuevo Pontífice, otras formas mucho menos oligarcas son posibles, dando cabida a la participación de todo el Pueblo de Dios.

Para tal asunto, no hacen falta Cardenales, sino cauces alternativos de participación del resto de las comunidades eclesiales. Estamos hablando de normas y no cuestiones referidas al derecho divino.

Otra cuestión muy diferente, es que el Papa, con la elección de estos nuevos Cardenales, esté preparando el terreno para su sucesor, eligiendo a aquellos futuros electores que estén en sintonía con la propia visión que tiene el Papa de la Iglesia. Pero eso ya es otra cuestión que merece un comentario aparte.

Tan sólo diré para ilustrar esto que de los 121 cardenales electores, que con los nuevos purpurados se suman al colegio cardenalicio, más de la mitad son europeos, y la Iglesia Universal se extiende más allá del viejo continente.

Por poner dos ejemplos, baste señalar que a partir del nuevo consistorio, el número de Cardenales africanos será de 18 frente a los 60 europeos; y los latinoamericanos serán sólo 21.

Fausto Antonio Ramírez

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