Las leyes no son sagradas

En los últimos tiempos no se dejan de escuchar términos que con la intención de describir una misma realidad, en el fondo se alejan de sus significados reales. Me refiero a los términos: laicidad, secularización, aconfesionalidad, paganización, laicismo…Â
En realidad es la Iglesia la que pone el grito en el cielo al hablar del proceso de secularización en el que la sociedad y el mundo moderno se ven inmersos.  En el fondo, lo que está pasando es que venÃamos arrastrando mucho de cristianismo sociológico de tiempos pasados, de los tiempos del nacional catolicismo y, por eso es bueno que esto ocurra.Â
 En ese sentido, yo dirÃa que estamos pasando de una época de excesiva sacralización de la vida del hombre, en todos sus aspectos, a una sana y renovada desacralización en la que lo temporal y lo espiritual tienen su propia autonomÃa. Esto implica algo que parece que a  Iglesia le hace mucho daño, como es la pérdida de su prestigio social y de su poder institucional.Â
Los criterios morales que deben orientar la elaboración de las leyes civiles, no tienen por qué corresponderse obligatoriamente con la doctrina de una religión, y menos aún con la exclusiva del catolicismo. Precisamente, el pluralismo ético y cultural es el signo palpable de una sociedad libre y democrática. Â
Ciertamente, las diferentes confesiones religiosas pueden y deben influir en la propuesta de valores para mejorar la legislación y la conciencia social. También pueden oponerse y objetar ante aquellas decisiones con las que no están de acuerdo.
Pero desde la propia autonomÃa que se reconoce en la sociedad laica a lo religioso sobre lo temporal, no deberÃan hacer leyes al margen del poder legislativo e imponerlas al resto de la sociedad. Â
Los católicos están obligados a respetar y acatar las leyes que la mayorÃa ha votado democráticamente, porque asà venÃa descrito en el programa electoral del partido que ganó las elecciones.  Cuando el partido socialista ganó las últimas elecciones, muchas de las propuestas de reformas legales venÃan perfectamente descritas en su programa.
El resultado que le dio la victoria fue mayoritario y, evidentemente, los votos no procedÃan exclusivamente de sectores de la población que no eran católicos. Â
Si muchos católicos han votado al partido socialista para que gobierne España, es porque además de su creencia estaban de acuerdo con un programa electoral que deseaban que se llevara a cabo. Â
¿A qué viene ahora la Iglesia a quejarse de las propuestas del gobierno, cuando buena parte de los católicos que les dio la mayorÃa está a favor de ellas? Mejor que criticar al gobierno en estos puntos de moral, la Iglesia -si no está de acuerdo con las leyes democráticas- deberÃa reprender a sus propios hijos que se le descarrÃan y votan a quienes no deben. Â
Los cristianos deben respetar las leyes y con su vida sobrepasarlas, quizás por aquà lleguemos a encontrar el verdadero camino de la desacralización de nuestra sociedad, porque entonces seremos más libres, más veraces y más coherentes. Â
Fausto Antonio RamÃrez
Tags: democracia, estado, Iglesia, moral, sagrado

Blog compatible con Dispositivos Móviles.
Estoy de acuerdo con el tÃtulo de tu comentario: las leyes no son sagradas, sean aprobadas por mayorÃa absoluta de votos o no, son simplemente leyes. No son más justas porque las vote un número determinado de diputados y senadores, sino por su contenido. No son sagradas porque un partido reciba más votos, ni son sagradas porque consten en un programa electoral.
Opinar sobre las leyes es un derecho, y para la Iglesia (por la orientación moral que debe realizar a sus fieles) opinar contra las leyes que no están de acuerdo con su doctrina es una obligación.
La objeción de conciencia es un Derecho Fundamental, muchÃsimo más sagrado que una ley (puesto que la Constitución asà lo establece, y no está de más recordarlo hoy, aniversario de la Carta Magna). Cualquier ciudadano puede ejercerlo y nadie podrá reprocharle que “la ley la votó una mayorÃa”. Nadie podrá obligar a un católico, musulmán, judÃo o ateo a cumplir una ley que contradice su libertad religiosa y que, por tanto, se incluye dentro de su derecho FUNDAMENTAL a la objeción de conciencia.