La Iglesia no se ríe

Todavía me encuentro con personas que están convencidas de que estamos en este mundo para sufrir. Y cuando les pregunto las razones de ese sufrimiento, que parecen aceptar como algo natural, me contestan que la resignación forma parte del cristianismo y que si Dios lo quiere así, hay que aceptar sin más su santa voluntad.
En el fondo, la cuestión profunda que está detrás de un planteamiento de semejante calado es la de la imagen de Dios que tienen, bien porque así se lo enseñaron, o porque la heredaron de un ambiente poco o nada “cristiano”.
Durante muchos años, la Iglesia estuvo predicando sobre un Dios cruel, juez, castigador y que en todo momento llevaba cuenta de todo aquello que el hombre hacía. Tanto era así, que de acuerdo con aquellos postulados de la Iglesia, para calmar la ira de Dios había que estar continuamente ganándose su beneplácito para que éste no castigara el pecado o debilidad del hombre.
Con esta teología, o mejor aún, con esta espiritualidad, la relación del hombre con Dios se establecía en términos de méritos a través de los cuales los creyentes debían ganarse a pulso la complacencia de un Dios dispuesto a pasar factura en cualquier momento, aquí en la tierra y más tarde en el cielo, con la siempre aterradora imagen del infierno como lugar de condena irremisible.
Este poso de hostilidad fue generando una idea del cielo y de la salvación como lugar reservado para unos pocos y que había que ganarse a diario como fruto del esfuerzo personal, que más por temor que por devoción, generaba en el hombre una imagen de Dios diametralmente opuesta al Evangelio, y para nada gratuita a como Jesús predicaba.
Con este panorama de fondo, no es de extrañar que todavía existan cristianos atemorizados que han desterrado sin miramientos cualquier intento por hacer de este mundo un cielo encarnado, donde la felicidad es posible como el mejor regalo que Dios ofrece a cualquiera que se acerque a Él.
Ni la enfermedad, ni el dolor, ni la tristeza, ni la muerte si quiera, forman parte del proyecto de vida que Dios destina para cada persona. Ciertamente, Dios quiere que todos sus hijos sean felices en la tierra, como anticipo de lo que será después para toda la eternidad. El cielo comienza aquí y ahora, no es una promesa de futuro ni un bien que se deba conquistar. Todo le ha sido entregado al hombre para siempre, desde el primer momento de su nacimiento, y por eso mismo no hay nada que esperar, sino la plenitud de aquello que ya se le ha ofrecido sin condiciones y gratuitamente para siempre.
Eso sí, el hombre es libre de acoger o no el regalo de Dios, pero nunca con la obligación de ganárselo, porque eso empañaría la imagen del Dios generoso y bondadoso que Jesús revela. Por lo tanto, cualquier intento por parte del hombre o de la misma Iglesia de ponerle puertas al campo, es decir de incorporarle condiciones a la generosidad de Dios no sólo es un pecado, sino una distorsión del propio Evangelio como lugar para la experiencia amorosa de la salvación.
Dios prefiere la risa al llanto, aunque algunos cristianos se sigan empeñando en decir que detrás de las lágrimas hay un consuelo (nunca garantizado) para después de la muerte. El mensaje de las Bienaventuranzas no es exclusivamente escatológico, es un itinerario de vida y una promesa de Jesús para todos los días de nuestra vida y eso no admite dilación de ningún tipo.
Es curioso, pero cuando nos fijamos en los rostros de muchas personas que los domingos se reúnen para celebrar la Cena del Señor, sorprende ver unos rasgos de amargura, de sufrimiento moral, de tristeza profunda y de seriedad que ponen la carne de gallina. ¿Cómo es posible celebrar la alegría de la Resurrección con esa disposición de corazón?
Eso no es ni lo que Dios quiere para el hombre, ni lo que forma parte del corazón de la espiritualidad cristiana. El Dios de Jesús es un Dios que se ríe sin parar por el gozo de ver a sus hijos disfrutar del Él y de la vida. Y cuando el dolor aparece por circunstancias que no llegamos a comprender, ni Dios lo quiere ni es Él el culpable de dicho mal.
Así no se puede vivir y mucho menos creer en Dios. Para esto, más vale ser ateo que cristiano amargado. Prefiero reírme a solas a tener que llorar con ese Dios que ni me va ni me viene.
Fausto Antonio Ramírez
Tags: cristianismo, Dios, felicidad, Iglesia, libertad, religion, risa

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