Miedo a la muerte y miedo a Dios

fausto 6 Noviembre 2007 0

infierno

Acabamos de celebrar el día de Difuntos y por mi memoria han pasado muchos nombres de personas conocidas, que he querido y, en algún momento, han formado parte de mi vida.

Concretamente me acordé del Padre Pedro, un religioso sacerdote, que sin unirme a él una fuerte amistad, sin embargo era alguien con quien me gustaba discutir de teología y filosofía. Era una persona muy formada, algo chapado a la antigua, pero con un discurso escolástico que me obligaba a desplegar, ordenar y manejar correctamente la argumentación de mi discurso.

El Padre Pedro murió entre mis brazos, después de sufrir una larga enfermedad que le mantuvo postrado en cama muchos meses. Desde el momento en que empezó a perder la salud, ya no volvimos a hablar de teología.

Sin embargo, mientras su vida se iba apagando, las preguntas sobre Dios, el cielo, la muerte, la salvación o el más allá me asaltaban como flechas encendidas.

Aquellas dudas se despertaban en mí con tanta fuerza porque no podía entender que una persona tan buena, y con las cosas tan claras teológicamente, manifestara sin remilgos un pánico atroz al sufrimiento, al dolor y a la muerte misma, que ya era ineludible por el avanzado estado del cáncer de hígado que sufría.

El día de Difuntos, fue para mí un momento feliz y alegre. Recordé a muchas personas, y le di gracias a Dios por todas ellas. Por la suerte que había tenido de conocerlas a todas, pero sobre todo, por la vida que ahora tendrían junto al Dios del amor.

Entonces fue cuando me acordé del Padre Pedro. ¿Cómo era posible que un hombre, con las cosas tan claras y habiéndose pasado la vida predicando de Jesús, de la Resurrección, de la vida, de la fe, de la esperanza, del cielo, y de la confianza en Dios, estuviera tan aterrado en el momento de encontrarse con su Dios?

Lo curioso es que en seguida pensé en otras personas que todavía siguen vivas, y que se dicen buenos cristianos, y que al igual que el Padre Pedro rechazan la muerte como el castigo y la cosa más horrorosa que le puede ocurrir al ser humano.

No tengo demasiadas respuestas acertadas ante esas actitudes, aunque creo percibir que todo el problema estaba y está en la imagen de Dios que esas personas tienen, y con la que han vivido a cuestas a lo largo de su vida, porque en vez de gozarla, la han sufrido.

Y ahí es donde está la clave: a Dios no se le sufre, se disfruta con Él, se vive de Él y con Él. Esas personas sufrieron a Dios porque le tenían más miedo que a una vara verde.


Estoy convencido que el Padre Pedro se pasó la vida entera haciendo méritos por tener un final que culminase en el cielo. Seguro que pensaba que Dios tenía una libreta en la que iba apuntando cada cosa que hacía o dejaba de hacer para luego tener materia suficiente a la que poder agarrarse para declararlo como condenado.

Ante esta forma de ver a Dios y de entender la salvación, no me extraña que sufriera tanto y no quisiera morirse, porque la sola duda de verse abocado al infierno le dejaba paralizado.

Durante muchos años, la Iglesia ha estado predicando a un Dios justiciero, castigador, inmisericorde, y exageradamente justo bajo los parámetros de la justicia humana. Hoy en día las cosas son diferentes, pero el mal ya está hecho y eso es difícil cambiarlo en personas que han bebido toda su vida de esa fuente sucia y para nada acorde con la imagen del Dios de la parábola del Hijo Pródigo.

Ciertamente, la experiencia de Dios es un regalo inconmensurable. Da miedo pensar que la Iglesia haya perdido el tiempo y a tantos cristianos por culpa de una predicación deteriorada y sesgada hasta extremos anti-cristianos.

El Dios de Jesús supera nuestros miedos, por eso vale la pena creer, porque la religión es un estilo de vida capaz de colmar de felicidad a cualquier persona. Cuando la religión se convierte en miedo, méritos, favores, promesas y en mercadeo, Dios deja de ser la liberación y la salud del hombre.

¿De qué me sirve una religión que no libera, sino que asusta y arrastra los miedos hasta el momento de la muerte? Si la religión no da anchura de miras, no quita las angustias y no deja respirar con los dos pulmones, entonces no sirve para nada.

El Dios de Jesús no es el Dios de los muertos, sino el Dios de los vivos. Dios irrumpe en la experiencia del hombre para abrir mejores horizontes de esperanza, de alegría y felicidad.

Cuando lo que ocurre, como en el caso del Padre Pedro, es todo lo contrario, más vale dejar de lado a ese Dios y a la religión, porque los hombres son capaces de traer mayor y mejor consuelo que el mismo Dios.

Aquel hombre murió en la angustia, y no pudo agarrarse al Dios de Jesús porque otros se habían encargado de que no lo hiciera, cargando las tintas sobre sus pecados, el infierno y la amenaza constante de la condenación.

Aquel día, odié a los profetas de calamidades, que se creyeron con la autoridad de manejar a Dios a su antojo y de inculcar, para tener bien dominadas a las gentes, que ellos solos tenían la llave para abrir o cerrar las puertas del cielo.

Con lo fácil que es descubrir en el Evangelio que el cielo ya está aquí y que la Salvación ya se ha cumplido en todo aquel que ha sabido abrirse a la experiencia del amor, por encima de cualquier cosa.

Quien diga lo contrario no merece el calificativo de cristiano, y más vale que se calle la boca y deje de mal meter en la dulce y amable experiencia de Dios que incluso en el momento de la muerte sabe a gloria.

Fausto Antonio Ramírez