El amor: una dura tarea

fausto 11 noviembre 2007 0

amor

“Amaos los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos”.

Jesús dirige estas palabras a los suyos para mostrarles el único camino que lleva a la vida. Les manda amarse no para que sean más buenos, sino para que sean humanos plenamente.

Es un amor “recíproco” (“los unos a los otros”) que desencadena un movimiento de vida por el cual ninguno es superior a otro y donde todos tienen necesidad del amor del otro.

Es un amor a la medida de Cristo, porque invita a amar con la misma intensidad y totalidad con la que Jesús ha amado al hombre.

Es un amor que identifica al hombre ante el mundo, porque se convierte en signo para los demás de que Dios existe de veras.

El amor no es un sentimiento, sino una actitud práctica que se debe traducir en algo positivo: compartir con el necesitado, condescendencia con el débil, perdón al que nos ha injuriado, servicio al prójimo, disponibilidad. Es una virtud opuesta al egoísmo, y está impregnada de generosidad.

La actuación primordial es el perdón, y se ejerce con los que nos ofenden. Es natural que haya personas que proporcionen sufrimientos -aun sin desearlo-, porque los hombres somos pobres, débiles, limitados y, a veces, hacemos el mal incluso pensando hacer el bien.


Cuando juzgamos a otros nos juzgamos a nosotros mismos. Jesús exige no juzgar para no ser juzgados. A los misericordiosos, Jesús les ha ofrecido la más bella de las recompensas: el no ser juzgados, es decir el no ser condenados, porque el perdón que Dios otorga está condicionado al ofrecido por el hombre.

¡Cuántas veces enjuiciamos a los demás, sin conocer sus motivaciones, prejuzgándolas, equivocándonos casi siempre! Dios actua con el hombre tal y como éste haya actuado con los demás.

El hombre que quiere vivir el amor a ejemplo de Jesús, no debe estar solamente inclinado a perdonar, sino también a ejercer la misericordia respecto a los miserables.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia la Iglesia es un verdadero campo de batalla donde los unos se enfrentan a los otros. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes.

Un cambio de actitud en el corazón mismo de la Iglesia se impone con urgencia. Mientras en la Iglesia haya gente que no pueda hacer la experiencia del amor sin límites, sin exclusiones y sin condenas, el mandamiento del amor será tan sólo una idea, y nada más que eso.

La Iglesia se juega demasiado con relación al mandato nuevo del amor, como para no tomárselo en serio de una vez por todas.

Fausto Antonio Ramírez