El diálogo interreligioso

fausto 11 diciembre 2007 2

ecumenismo

El diálogo forma parte de la esencia misma del cristiano, y esto concierne a todos los campos de su vida: el social, el político y por supuesto el religioso.

Toda religión es el resultado del esfuerzo del hombre por expresar, socialmente, su experiencia de Dios, por lo tanto, todas las religiones dicen algo acerca del Misterio de Dios y del Misterio que es el hombre mismo.

Ciertamente, el cristianismo afirma que Cristo es la plenitud de la revelación de Dios. Esta aseveración ha provocado, en multitud de ocasiones en la historia y también en los tiempos actuales en algunos sectores de la Iglesia Católica, que se desdeñe la experiencia de otros hombres dentro de sus propios grupos religiosos, con otra fe y otra doctrina diferente a la católica.

Sin embargo, cuando las otras religiones nos hablan de la presencia de Dios en el hombre, también lo hacen refiriéndose de alguna manera a la persona de Cristo, presente desde siempre en el corazón del hombre.

Por eso es necesario el diálogo interreligioso, porque permite a los cristianos ir más allá en el trasfondo de la realidad multipresencial del Misterio de Cristo, que no sólo se manifiesta en la Iglesia Católica.

En la relación de Dios con el hombre, la iniciativa proviene exclusivamente de Dios y no del esfuerzo del hombre. El amor que procede de Dios es el que ha ido al encuentro del hombre, sin forzar su libertad. Desde aquí podemos comprender que el diálogo interreligioso no sólo es un bien sino una necesidad a la que todo el mundo debería entregarse.

En el diálogo con otros creyentes se puede comprender que Dios siempre es más grande que lo que uno pensaba conocer exclusivamente a través de su propia religión. En realidad se trata de una experiencia de conversión, y no me refiero a convertirse a la religión del otro, sino al cambio de corazón y de mentalidad para descubrir que la Verdad no tiene límites ni se inscribe en un único cuerpo doctrinal de creencias particulares.


En realidad, los caminos de Dios son insondables, por eso se revela en una enorme diversidad de formas para llegar al encuentro con el hombre, desde aquí se puede afirmar que la pluralidad de confesiones cristianas y de religiones es un Misterio en el sentido teológico del término, es decir una realidad habitada por la presencia de Dios.

La experiencia nos muestra que casi siempre Dios se revela por caminos que el hombre no escoge y que nos sorprenden en su novedad y razón impredecible. Por eso, rechazar el diálogo interreligioso nos priva de lo imprevisible de la acción de Dios en el corazón del hombre. El verdadero camino del diálogo religioso permite que la Verdad de Dios brote espontánea, olvidando la imagen que cada cual se hace de su propia verdad parcial.

Con razón el Concilio Vaticano II se atrevió a afirmar que “la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas”.

La idea cristiana de que Jesucristo es a la vez mediador y plenitud de toda revelación muestra una forma de concebir la revelación de Dios que difiere radicalmente de la que podemos encontrar en otras tradiciones religiosas.

Si en efecto la revelación se entiende como un conjunto de verdades a la que habría que adherirse, tendríamos que preguntarnos cómo poder enriquecer estas informaciones sobre Dios con otras verdades que Dios hubiera derramado a través de las demás religiones, y por lo tanto las verdades de los unos serían complementarias de las verdades de los otros.

Y, sin embargo, la revelación no es una comunicación de verdades, sino la misma autocomunicación de Dios, y esta se ofrece a todo hombre, más allá de las propias fronteras de la Iglesia Católica. Porque la verdad de Dios es su compromiso por nosotros, gratuitamente y amorosamente. El hombre no llega a constituirse plenamente en lo que es hasta que no entabla un diálogo abierto, sincero y verdadero con sus semejantes y con Dios mismo.

Hoy en día no se puede plantear la cuestión de la salvación, ni de la revelación en términos de exclusividad, y esto no solamente es válido para los cristianos, sino para los musulmanes, judíos y demás tradiciones religiosas habitadas por la misma semilla de Verdad a través de la cual Dios se muestra a todo hombre.

Fausto Antonio Ramírez